Estados Unidos ya perdió la guerra contra Irán. Trump arrancó con exigencias brutales: cambio de régimen, acabar con el programa nuclear, eliminar misiles y proxies… y no consiguió ni una. Irán sigue firme, controla el Estrecho de Ormuz y mantiene todo su arsenal. La ofensiva gringa se convirtió en un pantano sin salida.
Trump amenazaba por la mañana con borrar a Irán del mapa y por la noche aceptó un alto el fuego basado en el plan iraní de 10 puntos. Ese volantazo desesperado deja claro que no puede subir ni un peldaño en la escalera de escalada sin llevarse un golpe. En Washington nadie tiene un cuento creíble de cómo esta guerra termina con victoria americana.
Irán salió más fuerte en lo estratégico. Destruyó o dejó fuera de combate las 13 bases estadounidenses en el Golfo, controla el flujo de petróleo y usa a sus proxies para pegar donde más duele. El precio del crudo se disparó y amenazó con una depresión global peor que la de los años 30. Al final, fue la economía, no las bombas, la que obligó a Trump a dar marcha atrás.
Israel metió a Trump en este desastre. Netanyahu y el Mossad le vendieron una victoria rápida, pero luego sabotearon el alto el fuego bombardeando Líbano y bloqueando Ormuz. Fueron los israelíes los que arrastraron a Estados Unidos a esta guerra de mierda y ahora le impiden salir.
No hay opciones militares reales. Los ataques aéreos no logran cambio de régimen, una invasión por tierra sería un suicidio y usar armas nucleares ni se contempla. La operación de rescate perdió más aviones que cualquier día desde Vietnam. La debilidad de Estados Unidos quedó expuesta al mundo entero.
El daño va mucho más allá del campo de batalla. Los aliados del Golfo dudan en reconstruir las bases americanas. Japón y Corea del Sur empiezan a cuestionar si Washington es de fiar. Las fuerzas de EE.UU. se desviaron de Asia hacia Oriente Medio, regalándole ventaja a China en bandeja. Rusia, mientras tanto, se alivia de sanciones y gana distracción.
Analistas de todos los colores comparan esto con Vietnam e Irak: una derrota estratégica que no destruye el poder material de Estados Unidos, pero destroza su capacidad de proyectarlo. Trump queda tocado, Europa se llevará la culpa y la OTAN pierde todo sentido. El mundo multipolar se acelera a toda velocidad.
Irán tiene casi todas las cartas en la mano. Puede cerrar Ormuz cuando le dé la gana, atacar infraestructuras críticas y aguantar sanciones mientras Occidente se desangra económicamente. La idea de “dominancia en la escalada” fue una fantasía que se estrelló de lleno contra la realidad.
Esta guerra deja al descubierto la locura de la política exterior estadounidense. Ignoró las teorías realistas, se tragó las promesas israelíes y se metió en un lodazal sin salida. Nadie en el gabinete de Trump puede contar una historia convincente de victoria. Estados Unidos ya perdió.

