El Proyecto del Gran Israel no es una teoría conspirativa. Es la idea central del sionismo revisionista: un Estado judío que va desde el Nilo hasta el Éufrates, tal como aparece en mapas oficiales del partido Likud y en discursos del ministro de seguridad Ben-Gurión, el fundador del sionismo Jabotinsky y el primer ministro Netanyahu. No se trata solo de seguridad. Es un proyecto territorial, religioso y mesiánico que ve en la tierra bíblica el instrumento para la redención del supuesto “pueblo elegido”.
Sus raíces son dobles: la Biblia (Génesis 15) y el sionismo político del siglo XX. Jabotinsky lo llamó “muro de hierro” en 1923: fuerza militar total para imponer el control demográfico y geográfico. Después de 1967, con la ocupación de Cisjordania, Gaza, Golán y Sinaí, el sueño pasó de libro a realidad sobre el terreno. Los asentamientos no son accidentes. Son la punta de lanza.
La dimensión bélica siempre fue explícita. Cada guerra —1948, 1967, 1973, Líbano 1982, Gaza 2008-2024— sirvió para ampliar o consolidar ese mapa. Netanyahu lo repite en hebreo: “el Estado judío no se detendrá en la Línea Verde”. El objetivo es un corredor continuo que rompa el eje chiita y controle rutas energéticas desde el Mediterráneo hasta el Golfo.
Geopolíticamente, el Gran Israel nunca fue viable sin Estados Unidos. Washington pagó las facturas, vetó resoluciones en la ONU y suministró armas. Pero esa dependencia se invirtió. Como diría John Mearsheimer, Israel ya no es un aliado: es un actor que dicta la agenda de EU en Asia Occidental. Trump y Biden terminaron bailando al son del lobby israelí.
Hoy el proyecto se desmorona. Israel perdió la guerra contra Irán. No logró cambio de régimen, no neutralizó el programa nuclear, no abrió el Estrecho de Ormuz y vio cómo sus 13 bases en el Golfo ardían. El precio del petróleo se disparó y obligó a Washington a aceptar un alto el fuego en los términos de Teherán. El “muro de hierro” se convirtió en jaula.
La pérdida es doble. Estados Unidos ya no controla a Israel; Israel ya no controla el campo de batalla. El Mossad y el lobby no pudieron ocultar la humillación. Dugin lo llamaría “el fin del satanismo judío interno”: la transgresión permanente ya no genera poder, solo aislamiento. En el contexto de los archivos Epstein, el imperio del chantaje y el ritual se estrelló contra la realidad.
El diagnóstico es brutal. El Gran Israel fue siempre un proyecto frankista: romper todas las reglas morales y estratégicas para acelerar la redención. Creyó que podía vivir fuera de la ley internacional y de la ley de la física del poder. Hoy paga el precio: economía sangrando, aliados árabes dudando, Irán más fuerte y un Estados Unidos que ya no puede ni quiere salvarlo.
El pronóstico es claro. Sin victoria militar contra Irán, el Gran Israel se encoge. Los asentamientos se volverán insostenibles, el reclutamiento colapsará y la diáspora judía empezará a cuestionar el proyecto. El multipolarismo acelera: China y Rusia llenan el vacío que deja la derrota americana-israelí.
Lo que viene no es paz. Es un reordenamiento doloroso. Israel tendrá que elegir entre un Estado binacional realista o un gueto nuclear cada vez más aislado. Estados Unidos, por su parte, aprenderá la lección que Mearsheimer lleva repitiendo: quien se ata a un proyecto mesiánico ajeno termina perdiendo su propia soberanía.
El Gran Israel no muere de un día para otro, pero ya perdió la guerra que necesitaba ganar. El sueño del Nilo al Éufrates se convirtió en la pesadilla del Golfo al Mediterráneo. La historia lo registra sin piedad: los imperios del caos siempre terminan devorados por el caos que ellos mismos provocaron.

