ICE se ha convertido en una Gestapo moderna, donde agentes disparan a civiles desarmados —como Renee Nicole Good en Minneapolis— o asfixian detenidos, como Geraldo Lunas Campos, cuya muerte fue catalogada homicidio. Más de 32 personas han fallecido en custodia y cuatro han sido ejecutadas. Sus centros de detención masiva, como Camp East Montana, son reminiscentes a los campos de concentración Nazi. Estas no son anomalías, sino síntomas de un sistema diseñado para deshumanizar al “otro” racializado, eco de prácticas coloniales que regresan al corazón del imperio.
El paralelismo con autoritarismos históricos es inescapable: ICE es el aparato represivo fascista del presidente Donald Trump: hace redadas nocturnas, desapariciones en prisiones privadas y ejecuciones extrajudiciales que recuerdan los escuadrones de la muerte latinoamericanos respaldados por Estados Unidos. El imperio, al exportar violencia, refina métodos que luego domestica contra sus propios marginados.
La teoría del Imperial Boomerang, acuñada por Aimé Césaire y desarrollada por Hannah Arendt, explica esta dinámica: las técnicas de control colonial —tortura, vigilancia masiva, campos de detención— ejercidas por el imperio sobre sus colonizados retornan al centro del mismo imperio como represión interna. Lo que EU perfeccionó en Filipinas, Vietnam o Irak —militarización policial, contrainsurgencia racializada— ahora se aplica en Minneapolis o Los Ángeles contra inmigrantes y disidentes. El imperio corroe la democracia doméstica hasta convertirla en dictadura militarizada.
Este boomerang acelera la decadencia estadounidense: un imperio sobreextendido, con presupuestos inflados para ICE que superan a todas las agencias federales combinadas, mientras la economía se hunde por tarifas y guerras proxy. El apoyo incondicional a Israel —otro etnoestado represivo— y la represión de protestas internas reflejan un agotamiento moral y material, donde el dólar cae y aliados se alejan, señalando un colapso similar al de imperios previos que priorizaron fuerza sobre diplomacia.
La expansión de más de 200 centros de detención, muchos en bases militares como Fort Bliss —sitio de internamiento japonés en la Segunda Guerra—, evoca los gulags o los lager nazis, donde la burocracia ocultaba asesinatos bajo eufemismos como “fallecimiento por causas naturales”.
La decadencia se manifiesta en la pérdida de legitimidad: protestas masivas contra ICE, rechazo global al excepcionalismo yanqui y crisis interna donde la represión genera más resistencia.
El boomerang seguirá golpeando, acelerando el tránsito americano de república a estado autoritario fallido.
Solo una resistencia organizada —patrullas comunitarias contra redadas, protestas masivas, desobediencia civil— puede interrumpir esta trayectoria mortal. Abolir ICE no es utopía, sino urgencia histórica: el imperio que mata en nombre de la “seguridad” termina devorándose a sí mismo, confirmando que la verdadera amenaza no viene de afuera, sino desde aquellos que detentan el poder.

