¿Por qué Claudia Sheinbaum se reunió el 7 de abril de 2026 con Larry Fink, el jefe del fondo más poderoso del mundo? La presidenta presentó el encuentro como productivo: hablaron de nearshoring, proyectos mixtos y el T-MEC. Fink y su socio de GIP salieron interesados en invertir más en México. Para muchos mexicanos suena lógico, pero genera dudas fuertes.
BlackRock entró fuerte en México durante Peña Nieto, cuando la Reforma Energética abrió las puertas a privados extranjeros. El fondo ganó mucho con gasoductos, infraestructura y Afores. Críticos lo llaman “saqueo disfrazado” del sexenio de las reformas. Sheinbaum ahora repite la invitación, aunque con lenguaje de “esquemas mixtos”.
Andrés Manuel López Obrador no expulsó a BlackRock. ¿La razón? Maneja una parte grande de las Afores de los trabajadores y tiene bonos de Pemex. Sacarlos habría causado caos en pensiones y deuda. AMLO los mantuvo a raya: honró contratos viejos pero frenó nuevas aperturas en energía estratégica y vetó algunos proyectos. Pragmatismo puro.
Larry Fink es un defensor abierto de Israel. BlackRock invierte fuerte en empresas de armas como Lockheed Martin y Elbit Systems, que suministran tecnología usada en Gaza, Líbano e Irán. Fink ha llamado “espectacular” el apoyo militar de EE.UU. a Israel. Mientras México sufre críticas internas por la reunión, Israel viola ceasefires y escala en West Asia.
Sheinbaum ha sido clara: llamó “genocidio” a la ofensiva israelí en Gaza y exige que pare la agresión contra civiles palestinos. México apoya la solución de dos Estados y rechazó foros de “paz” que excluyen a Palestina. Hasta ahora, las reuniones con Fink no han cambiado esa postura. La separación entre economía y política exterior parece intacta.
¿Le conviene a México esta relación? Trae capital para infraestructura que el presupuesto solo no alcanza. Nearshoring y T-MEC pueden generar empleos. Pero el riesgo es real: dependencia de un fondo que prioriza ganancias y está alineado con intereses geopolíticos de Washington y Tel Aviv. La 4T promete soberanía, pero abre puertas al mismo capital que criticó.
En plena escalada en Palestina, Líbano e Irán, BlackRock ve a México como refugio estable. Mientras el mundo arde por guerras, Fink busca diversificar en nearshoring mexicano. Sheinbaum vende certidumbre económica. El contraste es brutal: plática de inversiones mientras bombas caen sobre civiles.
La historia muestra patrón: Peña Nieto abrió de par en par, AMLO controló pero no rompió, Sheinbaum negocia con pragmatismo. BlackRock sigue ganando terreno en Afores y deuda pública. ¿Hasta dónde llega el “mixto” sin ceder soberanía real?
Al final, la reunión del 7 de abril resume el dilema mexicano: atraer inversión global sin perder autonomía. Si los contratos protegen lo estratégico, puede ayudar al proyecto de nación. Si no, fortalece la misma dependencia que la 4T promete combatir. Los mexicanos merecen vigilancia, no solo comunicados positivos.

